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Books » Harry Potter » Tú no eres Harry font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Alega Dathe
Fiction Rated: K+ - Spanish - Romance/Humor - Cho C. & Ginny W. - Reviews: 9 - Published: 08-25-08 - Updated: 08-25-08 - Complete - id:4499730

Capítulo V Complementos by Alba

Había algo en el sabor de los labios de Ginny que hacía que Cho se detestara (bastante) por todos los días que había perdido siendo consumida por las dudas inútiles, y las inseguridades (y mejor ni dedicarle un segundo pensamiento a aquellos tiempos en los que el nombre de ella ni siquiera se le había pasado por la cabeza). Era un sabor que no lograba decidirse entre dulce, ácido y salado (no podía saber que en poco tiempo decidiría que simplemente era un sabor Ginny, porque no existían palabras para describirlo), que iba perfectamente con ella, y que volvía casi una locura esa realidad de no haber imaginado antes que ese sabor le pertenecía.

Había algo en el sabor de los labios de Cho que hacía que el cuerpo de Ginny simplemente se tambaleara (no entendía muy bien el por qué; no podía saber que poco después le adjudicaría a ese hecho motivos estrictamente físicos, porque si no debería admitir que Cho le encantaba, y no estaba en lo absoluto lista para eso). No todavía.

Cuando se separaron (el beso no fue ni corto ni largo, ni maravilloso, ni terrible: era un beso de descubrimiento, de exploración; era un beso de labios temblorosos que intentaban resistirse levemente, aunque solo fuera para mantener el honor, pero se abrían como una flor ante el menor roce), se miraron directo a los ojos por primera vez en muchos días (porque se observaba furtivamente en los pasillos mutuamente, pero nunca habían tenido la fortaleza moral de mirarse a los ojos desde aquel fatídico día).

Cho pensó que valía mucho más la pena besarse de ese modo, pudiendo verse reflejada en la maravilla de los ojos castaños de Ginny (pero no lo dijo, porque sentía que decirlo hubiera sido rebajarse, y había en ella cierto orgullo Ravenclaw que más bien parecía digno de una Slytherin). Ginny pensó que por fin entendía que Harry hubiera delirado por ella durante tantos años (¿cómo no hacerlo, con esos ojos, ese cabello, esos labios?), pero mucho menos lo dijo, e incluso prefirió rehuir la mirada de Cho lo más rápido posible (¿Dónde se te había escapado la osadía Weasley, Ginevra?). La oriental no pudo evitar reír, echando la cabeza hacia atrás (tenía una risa cristalina, de cascabel, no pudo dejar de notar Ginny… ¿cómo le había pasado desapercibida durante todos esos años?)

—Muy valiente, Ginevra. Puedes besarme impunemente mientras yo crea que eres alguien más, pero no eres capaz de mirarme a los ojos cuando llevas el cabello largo y pelirrojo. Eso no es jugar limpio.

La pelirroja se sonrojó hasta el cuero cabelludo. Daba la impresión de que su cabeza estaba en llamas. Cho no pudo evitar pensar, no sin un poco de culpa, que después de todo solo tenía catorce años, y que quizás había sido un poco demasiado brusca con ella.

—Supongo que tiene que ver con el hecho de que con mi anterior cuerpo, tenía la seguridad de que tú querrías besarme.

El comentario fue tan suave, tan ligero, que por un momento Cho hasta casi creyó que lo había soñado. Parpadeó un par de segundos, perpleja, hasta darse cuenta de que la menor la miraba con los puños apretados.

—¿Qué estás diciendo?

—Mira, Cho, vale, ya has descubierto que era yo, ya no tiene más sentido que… —La pelirroja se detuvo. Cho estaba parada justo delante de ella, mirándola a la cara, peor con la cabeza ladeada, y todo el aspecto de que no la estaba escuchando.

—Vamos, ¿qué pasa?

—No te importa lo que te estoy diciendo.

—Claro que me importa. Estoy tratando de evaluar la cantidad de tonterías que es capaz de decir una persona en menos de un minuto. Vamos, si le pones un poco más de corazón, casi y hasta podrías romper una marca mundial. —Ginny volvió a ruborizarse, y Cho no pudo evitar volver a reír. Parecía que esos serían los dos lugares comunes de aquel… ¿encuentro? La oriental se dejó llevar por un extraño impulso y le acarició una mejilla (¿por qué consideraba que era extraño tocarle una mejilla, cuando ya la había besado? ¿Quizás porque tocarla de ese modo, natural, espontáneo, y deseando tocarla, era mucho más íntimo, mucho más personal e incluso más comprometido que besarla? A Cho se le cruzó un segundo por la cabeza la extraña idea de que, a veces, para besar bastan los labios, mientras que, para acariciar, se necesita el alma)—. Eres tan bonita cuando te sonrojas.

Y ya estaba. Ya lo había dicho. Si que ya no había vuelta atrás.

Y, en realidad, Cho no quería que la hubiera. Porque pese a que consideraba que era un gran inconveniente que fueran dos mujeres (no porque era un inconveniente en sí mismo; de hecho, una vez que se había acostumbrado a la idea le había encontrado varias, y muy interesantes, era más bien un inconveniente social), y que Ginny tuviera tan sólo catorce años (¡catorce años! ¿Qué sabía ella a los catorce años? ¡Absolutamente nada! Apenas era un botón de rosa que se estaba abriendo a la vida… ¡y por supuesto que no sabía besar como la pelirroja sí sabía!), sabía que hay ciertas cosas en la vida por las que vale la pena jugarse entera, sin remilgos, sin segundos pensamientos. Y Ginevra Weasley (pelirroja, pequeña, aún apenas un espejismo empañado de la gran mujer que Cho llegaría a ser, pero y con un sabor adictivo en los labios, mezcla de dulce, ácido y salado) era una de aquellas cosas por las que valía la pena jugarse.

Entonces, Cho hizo algo de lo que nunca después haría aspaviento (pero tampoco osaría arrepentirse): se aprovechó de su estupefacción, de su letargo, de su inmovilidad (¡Tan extraña en una Weasley!), y la besó. La besó de nuevo, pero esta vez más suave, más lento, más dulce, más placentero. Dándose tiempo de descubrirla (y descubrirse, porque también era un ámbito en el que ella era novata), de explorarla, de darle placer, de pedirle permiso.

(Y cuando Ginny por fin comenzó a responder al beso, fue una doble sorpresa, no sólo porque la pelirroja había decidido que, al menos por esta vez, le seguía el juego, sino también por descubrir que había pocas cosas en ese arte que ella pudiera enseñarle a la pelirroja, y que incluso había unas cuantas que podría aprender a mejorar… con ella).

Cho decidió que había muchas cosas que le hubiera gustado preguntarle a Ginny (desde historias familiares hasta dudas existenciales, pasando por gustos personales, sin olvidar, por supuesto, varios interrogantes referidos a aquella situación), pero también decidió que tendría mucho tiempo para poder dedicarse a ello. Por lo pronto, tenía su habitación completamente para ella, una pelirroja de cabello largo, y labios ácidosdulcessalados que se abrían a los besos como una flor. Una pelirroja con tacto de seda en las palmas de las manos, una pelirroja con lengua áspera y caliente que sabía exactamente cómo manejarla alrededor del lóbulo de su oreja. Una pelirroja que había llegado a su vida casi por casualidad (aunque poco, o casi nada en esta vida es casual, se repetía Cho, incansable). Una pelirroja que apretaba su espalda contra la puerta del susodicho vestuario, mientras le mordisqueaba levemente el labio inferior.

Una pelirroja que no era Harry en lo absoluto (y alabada fuera la diferencia).

Porque para hacer preguntas, se tiene toda una vida. Pero momentos como ese, es mejor aprovecharlos cuando se los tiene.


Cuando Ginevra Weasley y Cho Chang cruzaban miradas de más en el Gran Comedor, la biblioteca o el parque, nadie se atrevía a decir nada al respecto (pero en cuanto ellas se daban media vuelta, los chismes se disparaban a una velocidad que hubiera dejado pálido de envidia al cohete de última generación). Porque todos sabían (o creían que sabían) gran parte de lo que había pasado entre ellas en aquel vestuario (y aunque todos aventuraban con lo que podría haber pasado después, nadie lo sabía a ciencia cierta).

Nadie, menos Hermione Granger.

Nadie, menos Hermione Granger y Harry Potter.

No es que Harry sintiera que su mundo se hubiera venido abajo (aunque había estado bastante cerca del shock hepático), sino que más bien lo que le pasaba era que sentía en el corazón un sentimiento ácido y negro (ácido, como imaginaba que serían los besos de Ginny; negro, como el cabello de Cho). Sentía, en cierta forma, que había sido su culpa.

Harry no era tan egocéntrico (pese al complejo de héroe que tanta gente amaba adjudicarle) como para pensar que él había sido causa, motor y motivo de esa relación. Pero, sin embargo, no se podía sacar de la cabeza la singular conexión que existía entre esas dos mujeres y él (porque el hecho de que Ginny había utilizado poción multijugos para hacerse pasar por él, era una humillación que Hermione había preferido ahorrarle).

Porque aunque Ginny seguía siendo con él una persona a medias tintas entre dulce y busca pleitos (pero mucho más cercana a la hermanita de mi mejor amigo, que Harry siempre había imaginado que ella sería con él, pero hasta ese entonces nunca había sido), y Cho no le había quitado el saludo y aún, cada tanto, en los días de sol, y si tenía suerte, le dedicaba una sonrisa (de esas amplias, llenas de hoyuelos, que eran tan características de ella). Pero Harry las sentía mucho más distantes, mucho más lejanas, mucho más ajenas (y aunque le dolía por Cho, por quien pensaba que había llegado a sentir algo con un potencial interesante, mucho más le dolía por Ginny, que era un prospecto de amiga y compañera que le hubiera encantado conservar para toda la vida).

A Harry le hubiera gustado saber que era lo que sentían la una por la otra (y eso, sabía, era algo que Hermione jamás le confesaría): sentía esa necesidad, sentía que era algo que se debía a sí mismo (porque ese deseo estaba muy lejano al placer morboso que quizás alguien con menos sufrimiento en su historial podría haberle encontrado al hecho de que su ex novia se mirara de más con la hermanita menor del mejor amigo de uno). Pero, a la vez, era algo que jamás iba a poder averiguar del todo, porque hacía días enteros que no cruzaba una palabra con Cho, y Ginny evitaba diplomáticamente (o no tanto) el tema cada vez que él lo insinuaba (ni que él se hubiera atrevido a insinuarlo muy a menudo, tampoco): evidentemente, ninguna de las dos consideraba que era prerrogativa de él saber qué era lo que les estaba pasando, porque era algo que era propio de ellas, y de nadie más (y de Hermione, ¿pero como se hacía para mantener las narices de Hermione fuera de cualquier acontecimiento que estuviera sucediendo en Hogwarts?).

Y mientras observaba detenidamente las ya mencionadas miradas de más que se echaban el en Gran Comedor, en la biblioteca, en el parque, en el lago (y hasta alguna vez subiendo furtivas al dormitorio de mujeres de cuarto año de la torre de Gryffindor, aunque todos, la Dama Gorda incluida, hiciera, válgale la redundancia, la vista gorda al respecto), no podía evitar escuchar en su cabeza una voz (singularmente parecida a la de Severus Snape) que le decía burlona y terminantemente: “Potter, evidentemente, tu hombría no vale nada, si todas las mujeres que se sienten atraídas por ti terminan luego en brazos de otras mujeres”.

Y mientras escondía la cabeza entre los brazos (porque no podía mantener los hombros erguidos cada vez que tenía ese pensamiento), y Ron lo palmeaba en la espalda preguntándole que le pasaba (y Harry se callaba, porque era su mejor amigo, pero había ciertas cosas que no podía decirle, y todo lo que tuviera que ver con su hermanita pequeña entraba dentro de ese espectro de silencio y tácito acuerdo con Hermione, que aunque no sabía nada sobre lo que a él le pasaba, imaginaba mucho, y también callaba), no podía evitar que también lo asaltara el recuerdo del rostro de Cho, resplandeciente como nunca antes la había visto desde la muerte de Cedric, y murmurando entre dientes (con un poco de sorna, con un poco de ironía, y una pizca indiscutible de malicia):

Nunca entendiste nada, Harry, los labios de Ginny no son ácidos (ácida es la idea que tu tienes de ella): son dulces, ácidos y salados. Complementarios, como lo es todo en ella. Complementarios, como somos ellas y yo”.

FIN



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