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Anime/Manga » One Piece » Pirate Tales: Partes de Trabajo font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Centoloman
Fiction Rated: K - Spanish - Adventure - Reviews: 2 - Published: 06-14-08 - Updated: 12-29-08 - id:4322368
Akano 01 - Preludio

Parte de trabajo 12: Rey del Mar

– Ese es el Caledonia. Ese es Silver.

– ¿El Caledonia?

– Sí… – aseguró el ex-marine. – Lo reconocería hasta en una noche sin luna y con niebla cerrada.

– Eso significa que tendremos ayuda – sonrió Eratia. – ¡Vamos!

– ¿Cómo que vamos? – preguntamos Estella y yo, al unísono.

– ¿Tú ves cuánta gente hay?

– Tendremos que abrirnos paso – observó el navegante. – Es la única opción.

– ¿A hostias? ¡Ni de coña! – me opuse. – ¡Esta gente no ha hecho nada!

– ¿Prefieres morir?

– ¡No, coño! Pero enfrentarme a civiles no entraba dentro de mis planes para hoy.

– ¡¿Entonces qué?! – protestó de nuevo Eratia. – ¿Volamos? ¿Los hacemos desaparecer?

– Busquemos otra solución – intervino la médico.

– No hay tiempo para planear nada…

– Pero quizás no haya necesidad de planear nada – dije, señalando hacia el frente con un movimiento de cabeza. – Mirad.

Huyendo del bombardeo al cuartel y acudiendo en auxilio del destacamento que permanecía en el pueblo, un nuevo batallón de hombres de blanco acababa de llegar a la aldea, sin embargo, tres hombres se habían propuesto plantarles cara y, así, echarnos una pequeña mano cuando más parecíamos necesitarlo.

– ¡Es Silver! – gritaban los aldeanos. – ¡Son Silver y los Outlaws!

El nuevo grupo centró la atención de buena parte de los cazarrecompensas que hasta entonces nos habían cerrado el paso, sin embargo, la mayoría de ellos aún seguía mirándonos amenazantes. Si no pensábamos en algo rápido nos veríamos obligados a enfrentarnos a civiles, no precisamente inocentes, pero civiles al fin y al cabo.

– Tengo una idea – sugerí. – Estella, mantén atados a Fletcher y al gato y suelta a los demás.

– ¿Para qué? – preguntó el navegante.

– Entiendo – asintió la médico.

Inmediatamente, la cristalina prisión con la que mantenía sujetos a los soldados de rango inferior, se diluyó en el aire. Eso aumentaría el número de nuestros enemigos pero, al mismo tiempo, liberaba a la doctora del control que debía ejercer sobre aquellos cepos de cristal y le permitió crear dos enormes murallas que nos ayudaron a atravesar la marea de gente que teníamos delante.

Avanzamos todo lo rápido que pudimos entre aquellas dos paredes semitransparentes que, al menos durante unos metros, consiguieron contener a la masa mientras los rodeaba. Así, conseguimos llegar hasta un pequeño claro con los aldeanos cazarrecompensas a nuestra espalda y los marines que aún se mantenían en pie enfrente, cerrándonos nuevamente el paso hasta el puerto.

– ¿Quieres pegarle a alguien? – le dije a Eratia. – Todos tuyos.

En la misma situación que nosotros se encontraban también dos de los tres hombres que, según los gritos de la gente, pertenecían a la tripulación de la que era miembro Rentarou. Uno de ellos era casi un anciano parecía estar bajo los efectos del alcohol. El otro, bastante más joven pero aún así en la madurez, parecía el líder del grupo, por lo que debería ser el famoso Long Jhon Silver, uno de los piratas más buscados por la Marina

– ¿Puedo saber a dónde te llevas a mi amigo? – preguntó amenazante mientras se ponía a mi lado. – ¿Eres Red Axe Rido? – añadió en un tono mucho más amable mientras tumbaba a un marine de un puñetazo.

– En realidad me llaman Bloody Axe Rido – contesté sorprendido por mi “fama” mientras me deshacía de dos soldados que habían cargado contra nosotros, los últimos de aquel grupo.

– Pues ese nombre me da sed – apuntó, hipando, el borrachín. – Me recuerda a un sabroso trago.

– Silver – balbuceó Rentarou. – ¿Eres tú?

– Tranquilo mi amigo, ya hemos llegado – sonrió el Capitán pirata. – Perdón por el retraso.

– Nos gustaría quedarnos a hablar – apremió entonces Eratia.

– ¿Dónde está Seastone? – le preguntó Silver, que parecía haberse dado cuenta aún de su presencia.

– En el barco, junto a los demás.

– Creo que es mejor que nos marchemos – advirtió Estella. – Viene otro pelotón desde la plaza.

– No creo que debamos preocuparnos por ellos – anunció el capitán. – Miren…

El tercero de los hombres que habían desembarcado del Caledonia se había interpuesto en el camino del nuevo destacamento de hombres de blanco que bajaba desde la plaza después de verse libres de la prisión de Estella y clavó su enorme espadón en el suelo. Como por arte de magia el pelotón de marines se detuvo, y lentamente empezaron a desplomarse uno por uno. Luego, sin alterarse, volvió a blandir su arma y comenzó a caminar hacia nosotros.

– Creo que esos eran los últimos – murmuró al llegar al grupo.

– Buen trabajo, Mijok – le felicitó su capitán.

– No es nada, eran unos novatos. ¿Por cierto, como está Rentarou?

– Excelente, Mijok – le contestó el hombre a mi espalda.

Esos dos hombres, el grandullón Mijok y el capitán con pinta de los viejos galanes de las comedias románticas eran los mismos de los que tanto hablaba Rentarou por las noches en las largas conversaciones que solían mantener en la cubierta del barco. Por la apariencia del tercero y siempre según la descripción del antiguo marine, debía de tratarse de aquel tal Reyes. Ninguno de los tres parecía estar preocupado por la situación que estábamos viviendo. Incluso hacían bromas, como si aquello fuera el pan de cada día.

– Debemos salir rápido de aquí, Silver – advirtió Eratia – Hay que atender a Renta lo más pronto posible, sin contar que aún nos queda huir de los cazarrecompensas.

Comenzamos a caminar hacia el puerto pero, nuevamente, una buena parte de los aldeanos, habían rodeado las calles y se habían situado entre nosotros y el puerto. No nos atacaban, quizás conscientes de que aún en nuestra inferioridad numérica les aventajábamos claramente. Pero su simple presencia era un obstáculo. No queríamos enfrentarnos a ellos, al menos la mayor parte de nosotros era de esa opinión, pero no parecía que fuéramos a tener otra opción.

– No creo que sea el comité de bienvenida – dijo el borracho.

– Silver, creo que es mejor que nos larguemos – opinó Mijok.

– Estoy de acuerdo – añadió Eratia.

La voz del navegante quedó ahogada entonces por un estruendoso rugido. De las aguas del puerto, que rápida y violentamente comenzaron a anegar las calles circundantes, emergió una enorme bestia con forma de serpiente, blanco como la luna y con un rostro que recordaba, más bien, al de un perro.

– Eso lo veremos – afirmó Silver, lanzándose a correr hacia el monstruo.

– ¿“Lo veremos”? – le pregunté a Rentarou.

– ¿Qué? – me respondió él, como si no entendiera lo que le estaba diciendo.

– Nada… Agárrate fuerte.

Aprovechando el pasillo que se estaba abriendo el Capitán de los Outlaws entre la conmocionada turba, me eché a la carrera hacia el puerto. Poner a salvo a Satsuma era una prioridad, no sólo por la gravedad de las heridas que revestía, sino también previsión de lo que se nos venía encima con aquel Rey del Mar, como llamaban a aquellos monstruos.

– Izquierda – me señaló Rentarou.

Obedecí a su indicación y giré por una calle que discurría paralela a la costa, perseguido por la doctora y buena parte del grupo de aldeanos, que no tenían ninguna intención de dejar escapar con vida ni al hombre que había vendido, supuestamente, su aldea a los piratas ni a uno solo de los que habíamos osado ayudarle.

Iba todo lo rápido que podía, pero cargar con el ex-marine ralentizaba mis movimientos. Teníamos que ponernos rápidamente en un lugar seguro. Nuevamente, entre gemidos de dolor, me dijo que entrara en la tercera casa a mano derecha y, suponiendo que sabía qué hacía, le hice nuevamente caso. Estella entró detrás de mí. Atrancamos la puerta y tendimos a Rentarou en el suelo, sobre una alfombra. Eché un vistazo a mi alrededor. Aunque estaba perfectamente arreglada y limpia, parecía que hacía tiempo que no había nadie que habitara allí.

– Mierda…

El estado de nuestro amigo era bastante deplorable. Estaba cubierto de cicatrices y mostraba señales claras de no haber comido ni dormido en los últimos días. Temblaba de frío, aunque el día era caluroso, y respiraba con dificultad. No hacía falta ser médico para saber que no tenía un pronóstico muy alentador, pero había que mantener la esperanza.

– Mierda – repetí, cuando me di cuenta de que había perdido la consciencia.

– Debemos llevarlo al Cuartel – avisó Estella.

– ¿El Cuartel?

– Tienen que tener una enfermería allí – explicó.

– Sí, ya, claro – repliqué. – Pero ahí fuera hay una pila de gente que no está esperando para que les firmemos un autógrafo.

– Pero si no hacemos algo rápido…

– Renta nos dijo que su padre adoptivo y su hermano eran médicos, ¿verdad?

– Sí, pero…

– Y fue él el que nos trajo hasta aquí…

– ¿Qué?

– Ni la siguiente, ni la anterior, ni la de enfrente – expliqué. – Esta casa…

Los golpes en la puerta se hacían cada vez más fuertes. Intentaban echarla abajo. No había mucho tiempo. Debíamos hacer algo ya. Rápidamente me levanté y cogí una gran sábana que cubría un tresillo para evitar que le cogiera mucho el polvo. La enrollé alrededor de unos cojines y me la eché a la espalda con la esperanza de que confundiera lo suficiente a la gente.

– Esta casa tiene que significar algo – le dije a toda prisa. – Quizás haya medicinas, vendas… lo que sea. Trataré de ganarte tiempo.

– ¿Qué vas a hacer?

– Ya te lo he dicho – sonreí. – Ganar tiempo. De todas formas… bloquea la puerta con esa cosa que haces cuando salga, ¿vale?

– Puedo hacerlo ahora… – respondió, no muy convencida.

– Así no te molesto – objeté. – Además, hay un bicho gordo ahí fuera… Seguro que una mano más no viene mal.

– Vale…

– Cúidate.

Subí rápidamente al piso superior y salí al balcón que dominaba toda la fachada de la casa. Con un grito llamé la atención de la turba justo antes de salir disparado, de un salto, hasta el de la casa siguiente y, desde ese, lanzarme sobre un montón de redes que se apilaban enfrente de la puerta de una de las casas. Afortunadamente no era una caída muy alta.

Sin dejar de correr ni un solo instante, miré hacia atrás cuando me incorporé y comprobé que mi plan había tenido éxito. Ya nadie custodiaba la puerta del edificio en el que nos había hecho entrar Rentarou y todo el mundo me perseguía a mí. Decidí escapar en dirección opuesta al puerto, así, al menos, podría evitar a aquella serpiente gargantuesca que amenazaba el muelle.

Cuando estuve lo suficientemente lejos de la casa, dejé caer la falsa carga que tenía. Eso contribuiría a retrasarlos. Quizá alguno decidiera regresar a por Rentarou, pero ahora que ya habíamos salido del núcleo principal de población, quizás era más fácil que se decantaran por seguirme a mí.

Sin cargas a mi espalda, era bastante más rápido que todos ellos, así que pronto conseguí crear un hueco que me permitía ser más cauto en mis elecciones. Después de evaluar todo lo calmadamente que pude la situación, decidí que sería mejor ir hacia el bosque que había más allá de la aldea. Estaba bastante poblado y parecía tratarse de un terreno bastante escarpado, en el que sería fácil despistar a mis captores. Contaba con el hándicap de no conocer bien la zona, pero podría superarlo con mi velocidad… eso esperaba.

A los pocos minutos de comenzar a dar vueltas entre los árboles encontré una pequeña abertura en la tierra, la madriguera de algún animal, quizás un zorro, como los que vivían en el bosque de Relthar. Me lancé hacia ella y me cubrí con unas hiedras que caían desde los árboles cercanos aguardando a que llegaran los aldeanos y, con suerte, continuaran sin darse cuenta de mi presencia.

Les llevaba más ventaja de la que pensaba, porque tardaron bastante más de lo que yo había previsto en pasar por delante de la madriguera. No eran precisamente discretos y pronto pasaron de largo. Me quedé quieto unos instantes más, por si acaso y luego me lancé a la carrera de vuelta hacia el pueblo.

Pasé rápidamente por la calle en la que había dejado a Estella con Rentarou, pero ya no estaban allí. Probablemente, la doctora se había decidido, viendo el panorama despejado, a llevarlo al Cuartel. De todas formas no era momento para pensar en eso. Debía volver al puerto. Allí, Eratia, Silver y Mijok trataban de contener la furia del monstruo, cuyos movimientos torpes y visiblemente más lentos de los que desarrollaba en el momento que me fui parecían predecir el próximo fin.

Por su parte, los aldeanos estaban paralizados, viendo luchar a aquellos hombres. Parecía como si, por una parte, admiraran y temieran la valentía de los combatientes, pero, por otra, esperaran ansiosamente plantarles cara aprovechándose del estado en el que estarían cuando acabaran con el Rey del Mar… Si es que eso llegaba.

Miré fijamente a la masa, desde varios metros de distancia. Allí había hombres de toda clase imaginable: aguerridos marineros en la flor de su vida, que lucían orgullosos sus músculos, mujeres armadas con los útiles de la casa… ¡y niños! ¡Había niños entre ellos! ¡¿Qué clase de pueblo podía permitir aquello?!

– ¡¿Están locos?! – les grité. – ¡Volved a vuestras casas!

– ¡Cállate, pirata!

– ¡Pero…!

– ¡Muérete!

– ¡Asesino!

No había sido una buena decisión. La ira de la masa se dirigió hacia mí en forma de insultos y desprecio. Incluso algunos comenzaron a lanzarme piedras con escasa o nula puntería. En medio del fragor de la batalla, un grupo de niños, preadolescentes, se separó del gran grupo dispuestos a hacerse los héroes delante de sus familias. Lo más grave es que aún sus propios conciudadanos les arengaban.

– Joder… – bufé.

Mientras trataba de buscar una forma de reaccionar un enorme estallido a mi derecha me alertó de que, en uno de sus últimos debates entre la vida y la muerte, la sierpe había hecho derrumbarse uno de los edificios del puerto. Los cascotes volaban en todas las direcciones, entre ellas, la posición de uno de aquellos jóvenes, paralizado por el pánico, hacia donde se dirigía inevitablemente una enorme viga, grande como el mástil de un velero pequeño.

Sin pensarlo, me lancé a por ella y la desvié de su camino, asumiendo la mayor parte del impacto, pero evitando que golpeara al joven, que al fin parecía haber vuelto en sí y había regresado asustado, gritando, hacia el gran grupo.

En ese mismo instante el suelo se estremeció cuando el Rey del Mar se desplomó sin vida. La batalla había terminado y ninguno de los aldeanos había resultado herido, al menos eso parecía. No ocurría lo mismo con los edificios del puerto, entre ellos la gran lonja, que había resultado ser el edificio contra el que había chocado el monstruo.

Me incorporé, dolorido, llevándome la mano al pecho y me acerqué caminando torpemente al grupo donde estaban mis compañeros.

– Deberíamos salir de aquí – propuso Eratia. – ¿Dónde está Renta?

– Estella quería llevarlo a la enfermería Cuartel – les dije. – Los dejé en una de las casas de allí pero ya no están así que...

– ¿Puedes? – me ayudó Silver, viendo que perdía el equilibrio.

– Gracias…

– Al Cuartel entonces…

– ¿Qué hacemos con los de blanco, Silver? – le preguntó su subordinado, el gigante.

– Deberíamos llevarlos a los calabozos… – dije.

– ¿A los calabozos? – me miró Eratia.

– Sí… Así… Así no tendremos que hacer otra de estas cuando nos vayamos…



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