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Anime/Manga » Bleach » Akano 00 font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Centoloman
Fiction Rated: K+ - Spanish - Adventure - Published: 05-29-08 - Updated: 10-28-08 - id:4286122
Akano 01 - Preludio

– ¿Jeconías Asharet? – volvió a preguntar Kyo, esperando que, esta vez sí, su pregunta tuviera una respuesta distinta al silencio, como había ocurrido durante las últimas veces que la había formulado.

– El hermano de Sadoq – confesó al fin su Capitán.

– Nunca había oído hablar de él – confesó el otro.

– ¿Seguro? Bueno, es posible… – contestó despreocupado Kumaru, encogiéndose de hombros. – Jeconías Asharet dejó de existir oficialmente hace mucho tiempo.

– ¿Que dejó de qué?

– Lo entenderás – asintió su superior, con voz confiada. – Tú no te preocupes. Ya estamos llegando.

– ¿Al Cuartel de la Segunda División? – preguntó Kyo, identificando el edificio que se alzaba delante de ellos.

– No exactamente.

En efecto, para sorpresa del Teniente dejaron atrás el edificio donde el Segundo Escuadrón tenía su sede y llegaron a una especie de páramo semidesértico bastante más allá de los campos de entrenamiento. Allí, en el medio de la nada, un enorme portalón blanco, como todos los edificios de la ciudadela, daba pasa a lo que, supuso él, sería una instalación subterránea. Según rezaba la inscripción, aquello a lo que se accedía desde allí era la Unidad de Confinamiento Preventivo, algo de lo que nunca antes había oído hablar.

– Aquí es…

La cara de extrañeza del segundo al mando del Noveno Escuadrón acompañó a su Capitán mientras abría la gran puerta blanca y dejaba pasar a su subordinado a una sala de recepción no demasiado pulcra y algo mal iluminada en aquella hora nocturna en la que dos hombres ataviados con el uniforme de las Fuerzas Especiales, aunque no llegaba a identificar el distintivo del Escuadrón concreto, hacían guardia.

– Buenas noches, Capitán – saludó uno de los dos vigías.

– Buenas noches – correspondió Kumaru. – Me gustaría visitar a uno de los huéspedes.

– A estas horas están…

– Durmiendo, lo sé – asintió él. – Pero es urgente y prometo molestar lo justo.

– ¿Trae autorización?

– No – confesó. – Pero eso sí podremos arreglarlo por la mañana, ¿verdad?

– Hombre… – suspiró el guardia, bastante reacio a aceptar la sugerencia de los visitantes. – No creo que…

– Es un asunto urgente – alegó. – Quizás mañana sea tarde…

Kyo miró con extrañeza a su Capitán, frunciendo el ceño en una expresión interrogante. ¿Mañana ya sería tarde? Puede que no fuera más que una treta para conseguir visitar a Jeconías Asharet, o a quien fuera, en ese preciso instante; pero las prisas con las que habían salido de la División daban a entender de que no se trataba de eso. ¿Qué había descubierto su Capitán que fuera tan urgente?

– No… puedo hacer ninguna excepción – objetó el shinigami. – Ni siquiera ante alguien de su rango. Las reglas son…

– Sí, sé lo que dicen las reglas – le interrumpió. – Pero también sé que en caso de extrema necesidad esas reglas no deberían tenerse en cuenta.

– Debería demostrarme que…

– Insisto – volvió a cortarle. – Arreglaremos el asunto por la mañana. Ahora mismo no gozamos de demasiado tiempo.

El Teniente no salía de su asombro. Durante los últimos meses, Akano Kumaru apenas había sido una sombra luctuosa que cumplía estrictamente con su trabajo sin ir más allá. Todo lo contrario al hombre que ahora discutía con los dos encargados. Este, el de ahora, se parecía mucho más al que siempre había conocido: inquieto, activo, ansioso por descubrir la verdad detrás del lenguaje barroco de los informes… Sin embargo, esta impaciencia y este secretismo no eran propios de él. Mintiera o hubiera descubierto algo…

Ni siquiera en esos casos se hubiera comportado así. Habría utilizado los canales oficiales, habría hecho las cosas sin misterios, a plena luz… ¿Por qué no actuaba así ahora mismo? Alguna razón tendría que haber, se dijo. Akano Kumaru era el hombre más íntegro que conocía. Alguna razón tendría que haber, estaba seguro. ¿Pero cuál?

– Está… bien – cedió al fin uno de los guardias, después de varios intercambios más de súplicas y peticiones urgentes. – Si me da su…

– Espera… – se opuso el otro. – Si tan urgente es, motivo suficiente para avisar al Líder ahora mismo. ¿No cree?

Una fugaz mueca en el rostro del Capitán denotó su frustración ante la oportunidad perdida justo antes de asentir a la propuesta del otro shinigami. Éste convocó inmediatamente una Mariposa Infernal y le susurró el recado que debía llevarle al Líder de las fuerzas Especiales, el Teniente de la Segunda División, Kaimitsu Hoshitarou.

El insecto voló a través de la ventana, sumiendo a los presentes en una tensa y silenciosa espera que se prolongó durante unos cinco minutos, tras los cuales el mismo bicho regresó trayendo la respuesta afirmativa de parte del joven noble.

– Pasen por aquí – los guió el guardia con cara de fastidio. – Disculpen la espera.

– No pasa nada – sonrió, con cierta expresión satisfecha y triunfal, Kumaru. – Tenga.

– Gracias – correspondió el shinigami cuando el Capitán le entregó a Nottung. – Si me permite, Teniente…

– ¿Qué…?

– Debes dejar aquí la espada, Kyo – observó su superior. – Son las reglas.

El joven de pelo castaño y ojos azules volvió a mirar a su mentor sin entender muy bien qué estaba pasando. Ahora apelaba a las reglas cuando hacía escasos minutos propugnaba el ignorarlas en su favor. Definitivamente, no entendía nada de lo que estaba pasando. Daría lo que fuera por saberlo, pero no sabía exactamente si querría descubrirlo.

– Ah, vale… – reaccionó, al fin, entregando a Hakuryû.

– Yo les esperaré aquí…

– ¿Sabe donde se encuentra este hombre? – preguntó el Capitán, escribiendo el nombre del hermano menor de Sadoq en un papel.

El guardia les miró con una expresión aterrorizada. No era para menos, la Familia Ashartîm era demasiado influyente, demasiado temida. Seguramente la presencia de uno de sus miembros en un lugar como aquel no sería lo bastante agradable para un clan de su categoría.

– No… No tenemos… Aquí no…

– Sólo dígamelo – insistió. – Conozco la historia… De hecho, es familiar mío.

– Pero…

– ¿Va a necesitar pedirle autorización al Teniente Kaimitsu de nuevo, oficial? – preguntó. En su voz había cierto tono de amenaza. – Espero que no.

Esta vez, la insistencia de Kumaru sí tuvo el efecto deseado. Aún con cierto aire desconfiado, el shinigami le indicó rápidamente la ruta que debería seguir a través de los distintos pasillos, salas y niveles para reunirse con Jeconías Asharet como pretendía. Luego, una vez más, anunció que él permanecería allí.

Capitán y Teniente atravesaron una nueva puerta que comunicaba con un estrechísimo pasillo excavado en la roca y en el que apenas cabía una persona. El corredor se prolongaba por unas decenas de metros, vagamente iluminado por unos candiles situados en pequeños huecos en las paredes, antes de desembocar en una gran caverna natural a la que el vigilante se había referido como “gran salón”. Kumaru tomó en sus manos el último de los candiles y lo reguló hasta el máximo para guiarse a través de las tinieblas de la estancia.

– ¿Qué es esto? – preguntó Kyo, tratando de resolver la duda que le atenazaba desde que habían llegado.

– Es la Unidad de Confinamiento Preventivo – explicó su superior.

– ¿Confinamiento Preventivo?

– A lo mejor… A lo mejor lo conoces como el Nido de Gusanos – añadió. – Pero a mí no me mires – levantó los brazos a modo de disculpa al ver la expresión de su subordinado. – No digo que esté bien… Pero existe. Lo queramos o no.

– Me refería a cuál es su propósito…

– Ah… ya… Claro… – murmuró. – Se trata de una especie de prisión.

– ¿Una especie de prisión? – preguntó el Teniente, que seguía sin entender una sola cosa de aquel lugar.

A su alrededor, en el seno de aquella enorme caverna, había varias estructuras que formaban algo parecido a mesas y sillas, aunque más bien recordaban, y quizás de eso se trataba, a estalagmitas truncadas con tal propósito. Así que aquello era la Unidad de Confinamiento Preventivo. Definitivamente, no entendía nada.

– ¿Y qué han hecho?

– Eso es lo grave – replicó con voz profunda su Capitán. – No han hecho nada… De ahí lo de “preventivo”

– ¡¡¿Nada?!!

– No levantes la voz – le regañó Kumaru. – Hay gente durmiendo.

– ¿Nada? – repitió Kyo en un susurro.

– Son individuos a los que se les ha considerado peligrosos, bien por sus ideas, bien por sus poderes – afirmó. – Ninguno de los que está aquí existe oficialmente en los registros del Gotei… Están “muertos”, “retirados” o, simplemente, “desaparecidos”…

– ¡Pero eso es…!

– ¿Un atropello? – completó, interrumpiendo su exclamación. – Baja la voz…

– Vale… – resopló.

– Precisamente por eso no se dice claramente – sentenció Akano. – No les daría muy buena prensa… Por aquí – indicó, girando por un pequeño pasillo. – Y créeme que haría algo si pudiera, pero ser Capitán supone cargar con este tipo de cosas, te gusten o no. No somos los que mandan… Sólo los que hacen que los demás les obedezcan – suspiró. – Si por mi fuera…

– Ya…

– No te veo muy convencido – esbozó una media sonrisa el mayor de los dos. – ¿Ya no confías en mí? Que sepas que…

– No es eso – le interrumpió Kyo. – Es que…

– Ya, bueno – se encogió de hombros. – Dejémoslo en que algún día el Sereitei estará libre de estas cosas y… debe ser aquí.

Al menos el corredor no seguía, sino que concluía en una puerta que el Capitán abrió despacio, con prudencia, como si empujarla supusiera despertar a alguna especie de dragón dormido. Nada de eso. La puerta daba acceso a una celda de una de cuyas paredes colgaba un catre sobre el que estaba sentado un hombre que, aún en posición sedente, mostraba una gran estatura.

La penumbra, rota por el tenue círculo de luz que emanaba del candil que colgaba de la mano de su superior, apenas le permitió ver su rostro, cubierto por una espesísima barba cana y una melena argéntea muy poco cuidada. Aquella mata de pelo ocultaba gran parte de sus facciones, pero la nariz aguileña que distinguía a los Ashartîm era fácilmente identificable.

– ¿Sigues con insomnio, Jeconías?

– Vaya, vaya… – saludó el recluso. – Pero si es mi queridísimo y apreciadísimo concuñado…

– ¿Qué tal estás?

– ¿Que qué tal estoy? – replicó con una alta dosis de sarcasmo el recluso. – Bien, gracias. ¿No se ve?

– Ya…

– ¿Qué quieres, Akano?

– Vengo a hablar contigo.

– ¿No se te ha ocurrido pensar que, quizás, sólo quizás, yo no quiera hablar contigo?

– Estoy seguro que de esto sí quieres hablar, Jeconías.

– ¿Ah, sí? – se burló. – Sorpréndeme.

– Se trata de tu hermano Sadoq.

La expresión de aquel hombre cambió radicalmente al escuchar la referencia a su hermano mayor. Sus ojos se abrieron como platos mirando al Capitán y parecía incapaz de contener una ostentosa expresión de pánico. Algo grave había pasado, supuso el Teniente, para que alguien pudiera reaccionar de aquella forma ante el nombre de alguien tan cercano como un hermano. Aquel hombre sabía algo que los demás no sabían acerca de Sadoq Asharet. Y ese algo, imaginó, sería decisivo para esclarecer todo el misterio.

La luna vigilaba atenta la noche sobre el Sereitei. Sus rayos plateados se colaban sigilosamente por un pequeño ventanuco en alguno de aquellos indistinguibles edificios blancos que poblaban la Ciudadela de las Almas Puras. Allí, en un cuartucho reducido, casi claustrofóbico, dos hombres encapuchados esperaban una señal que no acababa de llegar. Las últimas órdenes, llegadas con el anochecer, eran claras: aquello para lo que se habían estado preparando durante años había llegado al fin.

Uno de los dos, el más bajo, se movía nervioso e inquieto mientras su compañero aguardaba paciente, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el suelo. La espera se hacía larga, pero no había otro remedio que tener paciencia. No había por qué impacientarse. No eran los únicos, sólo una pieza más. Cuando llegar la señal estarían preparados, pero mientras tantos, sólo debían concentrarse en el plan. Nada más que el plan importaba ahora.

Al otro lado de la Ciudadela, Kaiser Wolf observaba el cielo a través de la ventana de su despacho, preocupado por lo que fuera que tuviera tan ocupado a Kumaru. Era bueno verle activo y no simplemente dejándose llevar por el curso de los acontecimientos, que afrontara un asunto que había dejado correr demasiado tiempo ya, pero todo indicaba que había encontrado algo que, de una forma directa o indirecta, lo llevaría a enfrentarse a Sadoq o, al menos, a su orgullo.

Suspiró y encendió un cigarrillo. No le gustaba nada la situación. Preferiría mantenerse al margen pero sabía que eso no sería posible. Cerró los ojos y exhaló el humo de la primera calada con expresión cansada y azorada. Se avecinaban tiempos difíciles. Kumaru se enfrentaría a Sadoq… Cuanto más lo pensaba menos le gustaba la idea, pero más clara la tenía. Y no era bueno enfrentarse al Líder de los Ashartîm. Amigo o enemigo, familiar o extraño… el Capitán de la Sexta División era implacable con los que osaban desafiarle. Siempre lo había sido.

Vaya, vaya… – sonrió Rin. – Pero si se nos ha puesto elegante y todo…

Hola, peque – la saludó Kaiser, haciendo caso omiso de las burlas de su amiga. – ¿Ha llegado ya tu hermano?

¿Desde cuándo llega pronto? – intervino en tono irónico Sadoq, pasando la mano por encima del hombro de su esposa, como si marcara el terreno ante el antiguo competidor. – Ah, claro… Como siempre llega antes que tú…

Ya… – bufó el Capitán de la Décima División, llevándose el cigarrillo a la boca.

¿Has vuelto a fumar? – observó su ex-pareja, desaprobándolo con la mirada. – Creía que lo habías dejado.

Tú lo has dicho… “había” – contestó. – Cosas del papeleo… ¿Y dónde está el homenajeado?

Durmiendo – le informó Rin.

¡Lo siento! – gritó desde lejos Kumaru, que llegaba corriendo. – Lo siento – repitió cuando llegó junto a ellos y después de recuperar ligeramente el aliento. – Es que… He tenido un problema con un alumno en el campo de Kidou…

¿Quién? – se interesó Kaiser.

Un tal… Nakajuma… Creo… algo así.

Ni idea…

¿Dónde está Eleazar?

Durmiendo – repitió su hermana.

Ah…

¿Quieres ir a verlo, padrino?

No… Ya… – rechazó la idea. – Ya iré en otro momento.

¿Y dónde está Mara?

Youichi está enfermo – explicó. – ¿No te lo había dicho?

Sí, bueno, ya – respondió Rin. – Pero ya es mayorcito.

Eso díselo a su madre – se rió el mayor de los dos hermanos.

La fiesta de presentación del último vástago de los Ashartîm tenía lugar en una calurosa noche de sábado, en plena primavera de la Sociedad de Almas. Allí se había congregado la flor y la nata de todo el Sereitei y los Distritos más pudientes del Rukongai para acudir a lo que prometía ser uno de los acontecimientos sociales más importantes del año. Uno de esos que las familias de la élite del mundo no se podían perder, porque podría significar caer en desgracia con el más poderoso de los clanes.

La noche transcurría tranquilamente, entre protocolos, bailes, risas y regalos, poco aprovechables por un niño de apenas unos meses pero que bien seguro ayudarían a estrechar lazos con sus destinatarios. Todo iba según el plan previsto, sin ningún incidente de gravedad, hasta que un tumulto en los jardines llamó la atención de los asistentes.

El único hermano del Capitán Asharet se estaba enfrentando violentamente a dos de los oficiales de su División, que trataban de evitar que llegara hasta Sadoq, contra quien Jeconías dirigía su ira. El morbo pudo al saber estar y pronto se acercaron hasta allí todos, curiosos por saber de primera mano lo que ocurría. ¿Quién sabe? Quizás pudieran utilizarlo en su provecho algún día.

¡Tú! – le gritaba, con los ojos inyectados en sangre a causa de la rabia que sentía. – ¡Demonio!

Cálmate, Jeconías.

La voz de Kumaru rompió el silencio de los asistentes al convite. El Capitán de la Novena División, se abrió paso entre las primeras filas de los entregados espectadores y se acercó hasta el hasta hacía pocos meses Tercer Oficial del Sexto Escuadrón, puesto que había perdido en virtud del derecho hereditario de la línea principal de su casa, la que se transmitía a través de su hermano mayor.

¡¿Qué me calme?! – se giró hacia él. – ¡Es un asesino!

Las miradas de todos se volvieron entonces hacia el anfitrión, que permanecía absolutamente impasible ante lo que estaba ocurriendo. Seguramente, se dijeron muchos, la procesión iba por dentro. El Akano también estaba expectante, pero viendo la inmutabilidad de su cuñado, decidió seguir llevando la iniciativa a la hora de calmar las cosas.

¿Un asesino? – le preguntó, en un tono tranquilo y discreto, tratando de hacerle ver a su interlocutor que lo mejor sería no armar tanto escándalo.

¡Cobraré mi venganza, Sadoq! – volvió a chillar Jeconías. – ¡Lo sé todo! ¡Todo! ¡Morirás por lo que hiciste!

Jeconías… – siguió intentándolo Kumaru.

Tranquilo, Capitán – sonó al fin la voz tranquila y confiada del líder del clan.

La alta figura del patriarca de los Ashartîm se abrió paso con dignidad a través de sus invitados, que lo miraban casi se diría que con devoción. Al fin movería ficha y, todos lo sabían, sería un movimiento precisamente calculado, como correspondía al gran Sadoq Asharet, uno de los hombres más brillantes de la Sociedad de Almas y, probablemente, de todos los mundos en todas las épocas.

Yo me encargo – afirmó con una sonrisa tranquila cuando llegó junto a su hermano menor.

¡Eso! – le gritó él. – ¡Da la cara, cobarde! ¡Es algo que deberías haber hecho hace mucho tiempo! ¡Cuéntal…!

Acompañad a mi hermano a mi despacho – ordenó a los dos oficiales que le acompañaban interrumpiendo al mismo tiempo las imprecaciones de Jeconías.

Diligentemente, los dos hombres, que se habían retirado discretamente unos metros para dejar trabajar al Capitán Akano, flanquearon al alborotador y le indicaron en silencio el camino, algo totalmente innecesario dado el conocimiento que el hombre al que debían guiar poseía de la mansión.

Cuando ya se retiraban, Sadoq se volvió hacia su público, que seguía contemplándolo con admiración e hizo un gesto que pretendía ser una humilde disculpa, al menos según los cánones de humildad que regían los complicados e hipócritas protocolos de la alta sociedad.

Seguid con la fiesta, por favor – dijo. – Disfrutad.

– Eh, Li – murmuró Ikkyuu, dándole una leve patada en las costillas a su compañero que, al fin, se había quedado dormido y había dejado de corretear de un lado a otro. – Despierta, nos vamos.

– ¿Qué…? – se desperezó.

– Que nos vamos – sentenció, abriendo la puerta del cuartucho. – Ha llegado la hora.

Al parecer Jeconías ha renunciado a su cargo y se va a retirar – comentó Kaiser.

¿A retirar?

Sí, ya lo sabes – musitó con fastidio el Capitán de la Décima División. – “Retirar”.

No me gusta cómo suena eso…

Sadoq sabe lo que hace…

Eso espero…

En aquel momento, ambos sabían ya perfectamente el destino que correría el hermano menor del Capitán Asharet, cuyas motivaciones, según afirmaba la prensa, se reducían a su desacuerdo acerca de su degradación a favor de su sobrino. No era un destino envidiable, ni siquiera estaban de acuerdo con que pudiera existir semejante destino para un hombre, pero al menos no se le había aplicado todo el peso de la ley, quizás por ser un miembro de la alta nobleza. Amenazar de aquella forma, no sólo a un Capitán, sino al jefe de una de las cuatro grandes casas nobles, suponía, automáticamente, la pena capital. Teniendo en cuenta aquello, “retiro” sólo podía tener un significado.

– Mi hermano mató a mi padre – confesó.

– ¡¿Qué?!

– Él lo mató – repitió Jeconías. – Me lo dijo…

– En su despacho, aquella noche – concluyó Kumaru.

– Realmente sólo confirmó lo que yo ya sabía – explicó el recluso. – Cuando me destituyeron a favor de Baruch, se me asignó una misión en Hueco Mundo… Allí entendí todo.

– ¿Todo?

– Ya sabes. “Nadie…”, “Nadie me hizo esto…” – murmuró. – ¡Él está detrás de todo! ¡Está loco! ¡Se cree un elegido de Dios!

A través de la ventana del despacho de Kaiser Wolf, la noche parecía tranquila, casi imperturbable. La luna brillaba con fuerza y sus rayos bañaban con su característico fulgor argénteo los albos edificios del Sereitei. Todo permanecía en calma. Todo iba según lo previsto, a excepción de los temores que no dejaban de hacerse sitio en el pecho del Capitán. Las colillas humeaban en el cenicero, mientras él trataba de desentrañar aquel misterio. No quería interferir, pero se había dado cuenta de que no podía estar al margen.

Entonces, un resplandor dorado inundó el cielo al otro lado de la Ciudadela y la alarma comenzó a sonar en todos los rincones del Sereitei. Allí, en una de las colinas del sur del Sereitei, un edificio estaba en llamas, pero no sabía identificarlo. Sin pensarlo, apagó el cigarrillo que tenía en la mano directamente contra el alféizar de la ventana y salió corriendo de su despacho.

A pesar de lo reciente de la alerta, toda la División estaba ya movilizada, signo de la eficiencia con la que había conseguido organizarla. Pero los pensamientos del lobo iban más allá del orgullo por un trabajo bien hecho y se centraban en la búsqueda de su Teniente, la fiel Yuki, que se encontraba departiendo con un mensajero.

– Al parecer es la mansión de los Kaimitsu – le dijo, después de despedir al informador.

– ¿Está ardiendo?

– La Segunda División se encarga de ello – explicó mientas asentía.

– Está bien – suspiró Kaiser. – En cualquier caso… Que los hombres estén preparados por si tenemos que echar una mano.

– De acuerdo – volvió a asentir con la cabeza. – El próximo informe llegará en media hora.

Las previsiones de la Teniente se confundían. Una hora más tarde, el Capitán Wolf aún esperaba impaciente una actualización respecto al estado de la situación; pero las noticias tardaban en llegar aún cuando el fuego hacía tiempo que se había extinguido. Quizás fuera porque todo había resultado menos grave de lo que parecía, pero la de los Kaimitsu era una de las Cuatro Grandes Casas y ese simple hecho convertía el incendio en algo lo suficientemente grave como para informar a todas las Divisiones. Al menos, se decía, había encontrado un motivo para mantenerse distraído de los conflictos entre Kumaru y Sadoq.

Al fin, la característica llamada de Yuki pidiendo permiso para entrar en su despacho llegó y, con ella, llegarían las noticias acerca de lo que estaba ocurriendo. El rostro de la Teniente estaba, sin embargo, lívido y hablaba con cierta inseguridad, algo totalmente impropio en alguien como ella.

– ¿Qué ocurre? – preguntó su superior, que comenzaba a compartir el nerviosismo de la mujer.

– Están todos muertos – sentenció ella.

– ¡¿Qué?!

– Asesinados – especificó en aquel tono distante, como si su mente estuviera viviendo en otra esfera de la realidad.

Con un gesto rápido, el Capitán arrancó el informe de las manos de su Teniente y lo leyó con una voracidad febril, pasando rápidamente una y otra vez por encima de cada una de las palabras. Al fin, sin poder salir de su asombro lo cerró y lo arrojó con ira hacia la pared más lejana, acompañando el gesto con una larga lista de improperios.

– ¡¿Pero qué cojones dicen?! – gritaba. – ¡¿Es que son gilipollas?! ¡Eso es imposible!

– Los testigos afirman que… – trató de argumentar Yuki.

– ¡Me importa una mierda lo que piensen los testigos! – bramó. – ¡Yo sé que no fue él!

Ella se calló y miró al suelo, mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Estaba tan convencida como su Capitán de la inocencia de Kumaru y de Kyo, a quienes el informe apuntaba como el cerebro detrás de los crímenes acaecidos aquella noche. Su único objetivo había sido calmarle, tratar de contener la ira de aquel hombre al que tanto amaba, pero no lo había conseguido.

Con esto malhumorado y consternado, Kaiser Wolf, el Capitán de la Décima División y uno de los hombres con más temperamento de toda la Sociedad de Almas, comenzó a caminar hacia la salida del Cuartel, perseguido por la insegura figura de su Teniente, que parecía no saber muy bien qué hacer en aquel momento.

– Lo siento, Kaiser – le detuvo una voz conocida. – Pero he recibido órdenes de no dejarte intervenir.

En el umbral de la puerta se alzaba la misteriosa figura del Dragón, el Capitán Rommeveit del Undécimo Escuadrón. Casi tan alto como el Capitán Sol, Ragnar Rommeveit era otro de esos hombres de carácter terrible y, más aún, temible que ocupaban cargos de importancia en el organigrama del Gotei Trece. Era un guerrero despiadado, capaz de enfrentarse él solo a más de mil hombres y salir ileso además de vencedor, uno de los pocos hombres capaces de igualar la destreza de Kaiser en el combate cuerpo a cuerpo, a lo que sumaba un macabro gusto por la sangre.

– Y por eso te mandan a ti, ¿no? – sonrió, sarcástico, el lobo, desenfundando su espada.

Comprendía perfectamente por qué le mandaban a él precisamente. Prácticamente, era de los pocos que podrían contener al lobo en estado de furia, gracias a una rivalidad y un profundo conocimiento que se habían forjado a lo largo de años y años de luchar codo con codo y entrenar juntos. Eran dos hombres que se conocían a la perfección el uno al otro y que siempre estaban dispuestos a cruzar sus espadas para “soltar ligeramente los músculos” en combates de entrenamiento que se habían vuelto casi antológicos.

– Ven cuando quieras, blanquito – le retó el Dragón.

Aquel no era uno de aquellos días, pero igualmente no dudaría en desenvainar a su fiel Roter Wolf para enfrentarse con el espadón que portaba su oponente. Y esta vez no sería un combate de entrenamiento. Pasaría, aunque tuviera que llegar a extremos que, con la cabeza fría, le hubieran resultado imposibles.

– ¡Capitán!

La suave mano de Yuki se había posado con firmeza sobre la empuñadura de la zampakutou de su Capitán y le había sacado de aquel estado casi febril de violencia. Kaiser relajó su postura y devolvió su espada a la vaina, lentamente, sin dejar de mirar a su oponente, quien también adoptaba una posición más calmada mientras asentía pausadamente con una gran sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro.

– ¿Una copa? – gruñó el lobo, dándose la vuelta hacia el pasillo que conducía a su despacho, con la cabeza gacha y maldiciendo su suerte entre dientes.

Quería hacer algo, pero alguien, quien fuera, se le había adelantado y había previsto su reacción. Los sentimientos se agolpaban en su interior y no se sentía lo suficientemente seguro como para expresarlos. Necesitaba gritar, desahogarse, pero con Rommeveit allí no se atrevía a mostrar ningún signo de debilidad que luego pudiera el Dragón utilizarlo en su contra. Quizás el alcohol le ayudara a calmar los nervios. El alcohol y el cigarro que ya encendía.

Unos golpes secos en la puerta despertaron súbitamente al matrimonio Akano, que gozaba de unos días de retiro en la mansión familiar. Restregándose los ojos, cerrados por el sueño, Youichi trató de que su esposa no se preocupara mientras él se vestía con lo primero que encontrara y acudía con paso torpe a recibir al inoportuno visitante. Algo grave debía de ocurrir. O eso, o mataría al mensajero. Eso provisionalmente.

– Buenas noches, Oficial Akano – saludó una voz profunda que, en ese instante, no fue capaz de identificar.

Tardó unos segundos en reconocer la figura del Capitán Gama, el líder negro de la Séptima División. Tras él, su siempre fiel Teniente, Andreas Vidzjakos, mantenía una expresión seria, alerta, preparado con la mano sobre la empuñadura de su espada para enfrentarse a cualquier resistencia, aunque Youichi no llegaba a entender bien el motivo.

Los blanquísimos globos oculares del superior, rematados en aquella corona dorada, contrastaban radicalmente sobre el color oscuro de su piel y ahora se clavaban fijamente en el sorprendido rostro del Oficial de la Décima División.

– Buenas… noches… – acertó a decir entre bostezos. – ¿Qué le trae por aquí?

– ¿Podemos pasar? – intervino el Teniente en un tono ciertamente poco amistoso.

– Sí… sí… Sí, claro que sí – asintió Youichi, apartándose para dejar el paso libre a los dos visitantes.

– Gracias oficial – dijo con la misma solemnidad característica con la que siempre hablaba el Capitán Gama. – Confío en que disculpe el que le molestemos a una hora tan inoportuna, pero confío en que entienda la urgencia de la situación…

– ¿De qué se trata? – preguntó con impaciencia el Akano.

– Creo que antes de eso… ¿Sería posible contar con la presencia de su esposa? – solicitó educadamente. – Si no supone demasiada molestia.

Youichi acabó de despertarse en aquel momento, mientras subía las escaleras hasta el dormitorio donde su esposa trataba de conciliar de nuevo el sueño. Minutos después, los dos regresaron juntos al salón, donde el máximo mandatario de la Séptima División los esperaba, observándolos con una expresión aún más grave que el timbre de su voz.

– Oficial Akano, Oficial Grossner, – habló – me temo que debo comunicarles que desde este mismo instante se hallan ambos bajo arresto domiciliario hasta que sean conducidos al Sereitei para ser interrogados acercad e los hechos referentes al asesinato de la familia Kaimitsu.

– ¡¿Qué?! – bramó Youichi. – ¡¿El asesinato de los Kaimitsu?!

Ni el uno ni el otro pudieron permanecer impasibles ante semejante noticia. Mientras él trataba de averiguar qué demonios estaba pasando a través de una técnica tan provechosa como gritarle a sus captores, Tilly penetró en la mente del Teniente Vidzjakos y descubrió el motivo de que precisamente ellos estuvieran detenidos.

– Creen que tu padre está detrás de todo – le susurró a su marido, tragando saliva.

Hoy es un gran día, hijo mío – le dijo Farés. – Hoy el nombre de los Ashartîm quedará inscrito con letras de oro en las páginas de la historia de la Sociedad de Almas, porque nosotros seremos sus libertadores.

Sadoq arqueó una ceja y adoptó una expresión neutra mientras esperaba a que su padre acabara con el discurso grandilocuente con el que ya había previsto que le agasajara. No le prestó mucha atención a sus palabras, pues intuía lo que le diría acerca del destino y la eminencia de la familia Ashartîm y sus deberes y su responsabilidad para con ella.

Hoy es el día en el que comenzará a cumplirse la profecía sobre nuestra casa – concluyó el anciano Capitán. – Hoy se abrirá el camino que nos llevará al gran poder. Estoy convencido. Nuestro Señor nos ha bendecido con la promesa de un gran poder – sonrió exaltado. – ¡Hoy comienza la Era Ashartîm!

El whisky cayó sobre el hielo con la misma violencia con la que los pensamientos se agitaban en la mente de Kaiser Wolf. Todo bullía en su cabeza y, aunque era consciente de que el alcohol no pondría orden a sus ideas, necesitaba un trago para relajarse y pensar en todo el mundo que se desmoronaba a su alrededor.

Ragnar Rommeveit no le había seguido sino que, probablemente, se encontraría disponiendo toda una guardia de aquellos feroces asesinos reconvertidos en shinigamis que formaban la Undécima División para evitar que el lobo hiciera alguna locura. Así al menos podría descargar a gusto su rabia en la soledad de su despacho.

Estaba convencido de que todas las acusaciones hacia aquel al que trataba como a un hermano eran falsas. Era imposible que Kumaru hiciera algo así. Ni siquiera en aquellos tiempos en los que había estado más distante, más apagado, menos él. Alguien tenía que haber orquestado todo aquello y sólo había una persona capaz de hacerlo tan magistralmente.

Sadoq Asharet. El maestro de las apariencias.

Eso era lo que más le dolía.

La conversación con Jeconías Asharet estaba siendo bastante esclarecedora, aunque había una serie de cuestiones que aún quedaban en el aire y que aquel hombre parecía tener miedo de abordar. Kumaru no cesaba de acosarle con sus preguntas mientras Kyo, impaciente, contemplaba el exterior de la pequeña sala, que permanecía en la penumbra, apenas iluminada por la tenue luz de dos candiles, el que ellos mismos habían llevado y el que ya estaba en la celda cuando llegaron.

El Teniente hacía tiempo que había dejado de atender a la conversación, casi desde su inicio. Se había sentido incapaz de entender gran parte de lo que decía su Capitán y, mucho menos, de seguir los desvaríos de aquel viejo loco. Prefería vigilar el exterior, preocupado por la extraña impresión de que algo podía salir mal, y aquel escenario, símbolo de un lado de su mundo que nunca llegaría a entender y que nunca dejaría de sorprenderle y de indignarle, no ayudaba a borrarse esa sensación de la cabeza.

– La guerra está ya lejos, Jeconías – observó Kumaru. – ¿No crees que…?

– ¿Lejos? – le preguntó con cierto reproche. – Para mi hermano es como si estuviera ocurriendo en este preciso instante.

Estamos viviendo una gran época, hermano.

¡No me vengas con tonterías! – le interrumpió un iracundo Jeconías. – ¡Tú mataste a padre!

Sí – asintió Sadoq, sin mostrar ningún signo de que aquello le importase. – Yo maté a padre.

Escucharlo así, como si fuera algo normal e irrelevante o, peor aún, algo de lo que sentirse orgulloso, fue un duro golpe para el menor de los dos hermanos. Él, a pesar de que compartía en lo sustancial las ideas de su hermano mayor, admiraba y respetaba con todo su ser a Farés Asharet. Estaba mucho más apegado a él que a cualquier otra persona en el mundo.

Ahora contemplaba de hito en hito a Sadoq sin saber cómo reaccionar exactamente. Ira, rabia, dolor, decepción, pena, lástima… Todos aquellos sentimientos se agolpaban en su interior y pugnaban por salir en un violento estallido. Sadoq se sirvió un vaso de licor y se recostó sobre la silla mirándolo con una expresión casi se diría que divertida.

No te engañes, hermano – continuó en aquel tono meloso y paternalista con el que solía dirigirse a los demás para embelesarlos con su labia. – A veces es necesario que un hombre muera en sacrificio para que la gloria del Señor…

¡¡¿La gloria del Señor?!!

Jeconías golpeó la mesa con fuerza, haciendo que el licor se derramara ligeramente sobre el traje de su hermano, quien apenas se movió. Sus ojos volvían a estar inyectados en sangre a causa de la misma rabia que había colorado sus mejillas y que había hinchado sus venas. El pequeño de los hijos de Farés estaba a punto de explotar.

Creía que tú, – dijo en tono acusador Sadoq – sangre de mi sangre, lo entenderías, pero veo que incluso en este redil hay ovejas descarriadas.

¡Lo entiendo! – repuso. – ¡Claro que lo entiendo! ¡Lo entiendo demasiado bien! ¡Estás loco! – bramó. – ¡Loco! ¡Eso es lo que pasa! ¡Eres un maldito fanático!

¿Loco? – preguntó en tono irónico. – Yo no diría eso… Pero al fin he comprendido las Escrituras. Pero tú… tú todavía estás lejos de la verdad – afirmó con desprecio. – Por eso, comprenderás que deberás retirarte por algún tiempo – sonrió el Capitán de la Sexta División, chasqueando los dedos. – Eres un Asharet y, como tal, el Señor te ha preparado un camino.

Dos oficiales, los mismos que educadamente le habían impedido el paso durante el banquete, aparecieron súbitamente a su espalda y le agarraron. Inútilmente, Jeconías trató de resistirse, pero una fuerza que se le antojaba enormemente superior a él se lo impedía. Estaba claro que no había otra salida que someterse a los designios de aquel loco o…

¡Mátame, cobarde!

¿Matarte? – replicó en el mismo tono de confiada superioridad Sadoq. – Ese camino fue el de padre, no el tuyo. El Señor no ha dispuesto que seas entregado en sacrificio – sentenció al tiempo que se levantaba y se acercaba a su hermano menor tanto que hasta podía escuchar los aceleradísimos latidos de su corazón. – Pronto averiguarás cuál es tu camino y sabrás cuándo ha llegado tu hora… Hasta entonces…

Los ojos de Kyo se fijaron en los pequeños círculos de luz que se reflejaban titilantes en las luces del angosto corredor, una señal que no le parecía demasiado buena. Alguien venía y, probablemente, cargado con una serie de problemas a los que ni él ni su Capitán estaban en condiciones de atender en ese preciso momento.

– Mierda – maldijo.

Rápidamente, recorrió el camino hacia la boca del pasillo y vio un grupo de unas diez personas o, al menos, esas eran las que la penumbra dejaba distinguir, todas uniformadas con el uniforme del Escuadrón de Ejecutores. Al frente del destacamento se encontraba alguien con una capa blanca que indicaba su condición, posiblemente Bin-Jaffet, el hombre que estaba al cargo de la Segunda División y que, aún indirectamente, pues por herencia aquella dignidad correspondía a su Teniente, Kaimitsu Hoshitarou, coordinaba los grupos de Operaciones Especiales.

– ¡Jefe! – advirtió desde allí a Kumaru. – ¡Diría que hay problemas!

– Te dije que bajaras la…

El Capitán de la Novena División había abandonado la celda para recriminar a su Teniente, pero detuvo su regaño al descubrir a su compañero en el Consejo de Capitanes del Gotei Trece. La intuición de Kyo estaba bien, Sólo un motivo realmente grave justificaría semejante despliegue de medios y hombres, a aquellas horas, en un lugar tan secreto y casi clandestino de todo el entramado del Sereitei.

– Capitán Akano – dijo solemnemente el Capitán de la Segunda División – queda usted detenido por los cargos de asesinato, terrorismo, conspiración y alta traición.

– ¡¡¿Qué?!!

– Lo mismo se le aplica a usted, Teniente Nakajima –añadió. – Le recomiendo que no se resistan.

– ¡¡Pero fue Sadoq!! – clamó, impotente, Kumaru.

A mirada del exótico Comandante del Segundo escuadrón fulminó a Kumhard Åska cuando cayó sobre él. Akano, que no acababa de creerse lo que estaba pasando, se derrumbó. ¿Lo estaban deteniendo a él? Sin duda esto había sido una jugada maestra del Asharet. Había ganado. Al menos aquel asalto.

– Si va a acusar a alguien, Capitán… – le miró fijamente. – Hágalo con un vivo – sentenció, escupiendo a continuación a los pies de Kumaru.

– ¡¿Qué?!



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